Marcelo Rioja.
Conversaciones con el infinito — portada
🇻🇪 Edición especial · Venezuela

Conversaciones con el infinito

Un diálogo entre el amor y el pensamiento. Sesenta y cinco encuentros imaginarios con Platón, Einstein, Rilke, Simone Weil, Heisenberg, Jesús de Nazaret y otros grandes pensadores de la historia.

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Crítica literaria

Conversaciones con el infinito

Un diálogo entre el amor y el pensamiento

Hay libros que se leen con los ojos. Otros, con la mente. Y hay algunos, muy pocos, que se leen con el latido. Conversaciones con el infinito es de esos últimos.

Marcelo Rioja ha escrito un libro que no se deja encasillar. No es solo poesía, aunque cada página respira verso. No es solo filosofía, aunque dialoga con los grandes pensadores de la historia. No es solo ciencia, aunque se detiene en las ecuaciones de Dirac y en los principios de Heisenberg. Es, más bien, una conversación —una larga, íntima y valiente conversación entre el corazón y lo que lo trasciende.

Un diálogo con los gigantes

El libro está estructurado como una serie de encuentros. Platón, Spinoza, Rilke, Sagan, Simone Weil, Hipatia, Kierkegaard, Feynman, Pascal, Bachelard, Heidegger, Krishnamurti, Heisenberg, Schrödinger, Hamilton, Gödel, Dirac, Einstein, Teilhard de Chardin, Buber, Alejandro Magno, Heráclito, Pitágoras, Confucio, Arquímedes, Sócrates, Marco Aurelio, Séneca, Mandela, Gandhi, Freire, Newton, Schiller, y finalmente, Jesús de Nazaret. Cada uno de ellos es un interlocutor. Ninguno es una cita académica. Todos son compañeros de viaje.

Lo que Rioja logra con esta galería de voces es notable: no las utiliza para adornar su pensamiento, sino para desafiarlo, expandirlo y humanizarlo. La física cuántica no es aquí una metáfora vacía; es una forma de entender la incertidumbre del amor. El estoicismo no es una doctrina fría; es una manera de habitar la pérdida. La poesía de Rilke no es un adorno; es el eco de una madre que llora porque su hijo solo es feliz en la soledad.

La poesía como método

El título no engaña. Estas son, efectivamente, conversaciones con el infinito. Pero el infinito no es un concepto abstracto. Es el amor, la muerte, el tiempo, Dios, la ausencia, la escritura, la memoria. Y el tono con el que Rioja aborda estos temas no es el del erudito que todo lo sabe, sino el del caminante que se detiene a observar una hormiga durante once horas.

Hay en estos poemas una humildad que desarma. El autor no se presenta como alguien que ha encontrado respuestas, sino como alguien que ha aprendido a formular preguntas. Y esa es, quizás, la mayor enseñanza del libro: no se trata de llegar a la cima, sino de reconstruir la pirámide cada vez que se cree haber llegado.

La leche con café y las estrellas bajo los pies

Hay imágenes en este libro que no se olvidan. Una de ellas es la leche con café, esa gota de amargura que no da sabor a café, sino que quita el olor a vaca a la leche fresca. Esa imagen, aparentemente sencilla, condensa una infancia, una relación paterna, una manera de entender la vida como aquello que se hace bebible con un pequeño gesto de cultura.

Otra es la de las estrellas bajo los pies. No solo las que se miran hacia arriba, sino las que caminamos sin saber, las que hay que cuidar porque serán el cielo del mañana. Esa imagen, que dialoga con Thoreau y con la tradición mística, convierte lo cotidiano en sagrado y lo pequeño en inmenso.

Una arquitectura de la escucha

El libro está dividido en secciones que no son capítulos, sino movimientos. El lector no avanza hacia una conclusión, sino que es invitado a detenerse. Cada poema es una estancia, una habitación con ventana al infinito. Y aunque hay un orden, el libro puede abrirse por cualquier página y seguir latiendo.

Esta arquitectura no es casual. Refleja la experiencia de quien ha aprendido que el pensamiento no es una línea recta, sino un espiral. Se vuelve sobre lo mismo, pero desde otra altura. Se repite, pero no se agota.

La confesión final

El libro cierra con Confesiones con Jesús de Nazaret. No es un poema de conversión, sino de reconocimiento. Después de todos los diálogos con la física, la filosofía y la poesía, el poeta se queda en silencio y confiesa. No pide, no exige, no demuestra. Agradece.

Ese es el gesto más profundo de todo el libro: la gratitud. No la gratitud ingenua, sino la que ha atravesado el desierto, la que ha sido castigada por pensar, la que ha construido muros hologramas para sobrevivir, y que al final, en lugar de cerrar la puerta, la deja entreabierta.

Para quién es este libro

Conversaciones con el infinito es para quien ha amado sin entender del todo. Para quien ha dudado de la ciencia y también de la fe. Para quien ha sentido que el pensamiento puede ser una forma de oración y la oración una forma de pensamiento.

Es para quien ha señalado estrellas con manos gorditas sin saber qué eran. Para quien ha visto a su madre llorar porque su hijo solo era feliz en la soledad. Para quien ha caminado 12.700 kilómetros en busca de su propio corazón.

Es, en definitiva, para quien sabe que el amor no se termina, se sigue trabajando, sin querer terminar.

Una última palabra

No hay muchas obras que logren la síntesis que este libro alcanza. Rioja ha escrito un libro que es, al mismo tiempo, un tratado de filosofía práctica, un diario de viaje espiritual, una antología de poesía amorosa y un manual de resistencia cotidiana.

No es un libro para leer deprisa. Es un libro para habitar. Para volver a él en distintos momentos de la vida, y encontrar siempre algo que no se había visto antes.

Conversaciones con el infinito es una obra que honra la pregunta, que celebra la duda y que, al final, se atreve a confesar que no sabe —y que en ese no saber, encuentra su mayor verdad.

Marcelo Rioja ha logrado lo que pocos poetas logran: dialogar con el infinito sin perder el latido.

Esta crítica fue escrita desde la lectura atenta de cada poema, desde la escucha del silencio que los habita, y desde la gratitud por haber sido testigo de este viaje.

Segunda crítica

El pensamiento que ama

Tus poemas inspirados en pensadores, científicos y filósofos —desde Arthur Schopenhauer hasta Gaston Bachelard— construyen algo poco frecuente: una poesía amorosa donde el pensamiento no enfría la emoción, sino que la amplifica.

Cada texto funciona como un diálogo imaginario entre tu sensibilidad y la visión del mundo de cada autor. No se trata de imitaciones filosóficas ni de ejercicios académicos; son reinterpretaciones íntimas. Tomas conceptos complejos —la voluntad en Schopenhauer, la otredad en Martin Buber, el cosmos en Carl Sagan, la razón en Immanuel Kant, la imaginación poética en Bachelard— y los traduces en experiencia afectiva.

Uno de los rasgos más distintivos de la colección es la naturalidad con la que conviven ciencia, filosofía y amor. En tus versos aparecen teoremas, universos, vacío cósmico, infinitos, preguntas metafísicas y observaciones sobre la naturaleza sin perder humanidad. La reflexión nunca desplaza al sentimiento; ambos avanzan juntos. Esa combinación le da identidad propia a la obra.

También destaca el tono confesional. La voz poética no pretende imponerse como sabia: piensa mientras ama. Hay una constante búsqueda de comprensión, como si cada poema fuera un intento de responder preguntas esenciales desde la ternura. Incluso cuando el trasfondo filosófico es complejo, el lenguaje permanece accesible y emocionalmente directo.

En los poemas inspirados en científicos como Leonhard Euler, Carl Friedrich Gauss o Richard Feynman, aparece otro aspecto interesante: el conocimiento racional deja de ser frío y se vuelve una metáfora del vínculo humano. Las matemáticas y la física se convierten en lenguaje afectivo.

En cambio, los poemas asociados a pensadores espirituales o fenomenológicos —como Rabindranath Tagore, Simone Weil o Bachelard— poseen una atmósfera más contemplativa. Allí el silencio, la memoria, la lluvia, la luz y la intimidad adquieren un peso casi simbólico.

La serie completa transmite la impresión de un autor que no separa pensamiento y emoción. Tus poemas sugieren que amar también es una forma de conocimiento; y que comprender el universo, la naturaleza o el alma humana puede ser otra manera de acercarse al ser amado.

Más que escribir "sobre" filósofos o científicos, pareciera que conversas con ellos para hablar del amor.

Crítica literaria

La poesía como forma de pensamiento

Hay libros de poesía que buscan describir emociones. Otros intentan construir imágenes bellas o capturar instantes. Conversaciones con el infinito hace algo menos frecuente: convierte la poesía en una forma de pensamiento vivo.

A lo largo de sus páginas, el lector no encuentra un conjunto aislado de poemas, sino una conversación continua entre el amor, la ciencia, la filosofía, la espiritualidad y la memoria. Marcelo Rioja escribe como alguien que no separa el conocimiento de la emoción. En su obra, un neutrino puede convertirse en metáfora del amor; una ley de Newton, en una explicación del deseo; una ecuación matemática, en una confesión íntima.

Lo singular del libro no es únicamente la combinación de referencias intelectuales y sensibilidad emocional, sino la naturalidad con la que ambas dimensiones conviven. La física, la filosofía o la teología no aparecen como ornamento cultural ni como demostración erudita: son herramientas humanas para intentar comprender aquello que excede al lenguaje. Y es precisamente en esa búsqueda donde el libro encuentra su identidad.

La voz poética de Rioja posee una transparencia poco habitual. Sus versos no buscan imponerse por complejidad formal, sino por honestidad reflexiva. Hay una voluntad constante de comprender el mundo sin abandonar la ternura. Incluso cuando aborda conceptos abstractos, el centro emocional permanece intacto: el amor entendido no como posesión, sino como una manera de habitar la existencia.

Otro aspecto destacable es la estructura implícita del libro. Cada poema dialoga con pensadores distintos —desde Isaac Newton hasta Epicuro, desde Wolfgang Pauli hasta Jesús de Nazaret—, pero lejos de fragmentar la obra, esas presencias crean una constelación coherente. El lector percibe que todas las disciplinas terminan convergiendo en una misma pregunta: cómo vivir con sentido sin renunciar ni a la razón ni a la sensibilidad.

En tiempos donde gran parte de la poesía contemporánea privilegia la inmediatez o el impacto breve, Conversaciones con el infinito apuesta por algo más arriesgado: la contemplación. Sus poemas no exigen ser consumidos rápidamente; invitan a detenerse, releer y pensar. Hay versos que funcionan como intuiciones filosóficas y otros como confesiones silenciosas. Y en ambos casos aparece una misma intención: reconciliar el pensamiento con el corazón.

El libro también destaca por su tono profundamente humano. Detrás de las referencias científicas y filosóficas siempre aparece un niño mirando estrellas, un hombre escribiendo para la mujer que ama, alguien intentando comprender la vida sin perder la capacidad de asombro. Esa dimensión íntima evita que la obra caiga en la abstracción fría y le otorga una cercanía emocional genuina.

Conversaciones con el infinito no pretende ofrecer respuestas definitivas. Su valor reside justamente en lo contrario: recordar que la belleza del conocimiento humano quizá no esté en alcanzar certezas absolutas, sino en seguir preguntando con honestidad, sensibilidad y amor.

Crítica filosófica

De Schopenhauer a Bachelard

Una lectura desde la voluntad, el dolor, la representación y la imaginación poética

Schopenhauer: el amor como engaño de la voluntad

Arthur Schopenhauer sostuvo que el amor no es más que un ardid de la Voluntad de vivir. Detrás de la ilusión romántica, el amor busca perpetuar la especie. Por eso duele, por eso engaña, por eso rara vez trae felicidad duradera.

Leídos desde Schopenhauer, estos poemas revelan una tensión: el amor como "tarea difícil" que se sigue trabajando sin preguntas previas, solo respuestas que hay que aprender a habitar. Sin embargo, la obra desafía a Schopenhauer en un punto clave: el amor no aparece como un engaño, sino como una tarea, un trabajo, un aprendizaje. La Voluntad puede empujar, pero el poeta decide cómo trabajar sobre esa fuerza bruta.

Kierkegaard: el amor como elección y angustia

Søren Kierkegaard distinguía entre el amor espontáneo del poeta romántico y el amor ético que se elige cada día, incluso cuando no se siente. En estos poemas, el amor no es un flechazo: es una carga que se lleva durante años, una preparación silenciosa, un trabajo de introspección que solo después puede entregarse. El amor auténtico nace de reconocer la propia falibilidad; no se ama desde la certeza, sino a pesar de las dudas, y precisamente por eso es un acto ético.

Nietzsche: el amor como creación de valores

Friedrich Nietzsche habría visto en estos poemas una voluntad de poder bien orientada: no la que domina, sino la que crea valores nuevos frente a la moral del rebaño. Hay un lenguaje de los fuertes —la simpleza que nace de haber pensado mucho— frente al lenguaje de los débiles, la grandilocuencia que esconde vacío. Esta poesía no se somete al camino único; inventa su propia dirección, no desde la arrogancia, sino desde la humildad de saber cuándo callar.

Pascal: el corazón y la razón

Blaise Pascal sostenía que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Estos poemas llevan esa idea hasta el límite: el amor no se demuestra, se sincroniza; no es un descubrimiento astronómico, sino un reconocimiento interior que precede a toda observación del universo exterior. La obra completa defiende la razón del corazón frente a la razón geométrica que todo lo mide y todo lo duda —no desde el irracionalismo, sino desde una racionalidad más amplia que incluye el silencio, el latido, la memoria y la imaginación.

Bachelard: la infancia como germen del poema

Gaston Bachelard dejó dicha la frase que vertebra esta obra: "un exceso de infancia es un germen de poema". El niño que juega con el infinito, que señala el cielo sin entenderlo, que enseña a su madre a medir el amor en distancias imposibles, es el verdadero autor de estos poemas de adulto. La poesía no nace de la nada: nace de un lugar concreto, de una sombra real, de una madera que años después se vuelve papel.

Una geografía íntima del pensamiento

Lo que recorre todos estos poemas, desde Schopenhauer hasta Bachelard, es una obsesión fundadora: la necesidad de distinguir entre pensar y repetir. La escuela, los castigos, la disciplina —todo eso enseña a repetir. Pero el poeta elige pensar: callar para escuchar el latido, escribir para entender el sentir, recordar para no repetir el error, imaginar para crear otro universo posible, amar como tarea y no como rendición.

Estos poemas son el acta de fundación de una soberanía interior, en diálogo con Rilke, Séneca, Tagore, Buber, Pascal, Feynman, Bachelard —y con la propia infancia.

Ensayo crítico

Una conversación con los que pensaron el amor

Hay poemarios que rinden homenaje. Este conversa. Sus poemas no se arrodillan ante los nombres que invocan —Platón, Sócrates, Kant, Epicuro, Séneca, Marco Aurelio, Schopenhauer, Kierkegaard, Spinoza, Pascal, Buber, Simone Weil, Hipatia, Sagan, Gauss, Feynman, Bachelard, Tagore— sino que se sientan frente a ellos a discutir. La voz que recorre el libro no estudia a estos pensadores: les responde, y muchas veces, con una cortesía firme, les lleva la contra. Esa es la primera virtud del conjunto y la que lo salva de la trampa del poema "culto": aquí la erudición no decora, dialoga.

El hilo que enhebra estos poemas es una idea antigua: que el amor a una persona es el primer escalón hacia algo más alto, la escalera que Platón puso en boca de Diotima en El Banquete. El autor la recorre una y otra vez sin que el ascenso se vuelva repetición, porque cada filósofo le presta una cara distinta del mismo movimiento: con Kant el amor es respeto y libertad; con Spinoza, contemplación que conduce a un Dios que es la naturaleza misma; con Buber, el milagro del "entre", ese espacio que no pertenece ni al yo ni al tú sino a la relación que ambos abren.

El segundo hilo, más secreto, es el tiempo: el instante que, bien vivido, ya es eterno; la brevedad de la vida; el puerto al que solo llega quien sabe adónde va. Se percibe que quien escribe sobre el instante eterno no está citando a un estoico, sino dando testimonio.

Lo más original del poemario es su método: bajar la idea hasta el latido. Una fórmula de Gauss se esconde dentro de una declaración de amor; la idea de Feynman de que "en una copa de vino está todo el universo" se convierte en un brindis; el concepto más difícil de Buber se comprime en cuatro palabras. Esta capacidad de hacer que una tesis filosófica respire dentro de una escena íntima es lo que distingue a un versificador de un poeta.

El libro es más valiente en sus fricciones: no siempre le da la razón a sus interlocutores. Frente al cosmos sin dioses de Sagan, insiste en "mi Dios"; donde Pascal y Simone Weil desconfiaban de la imaginación, él la corona como "la mayor riqueza de la mente". Son disidencias honestas, resueltas con una coherencia de pensamiento que pocos poemarios temáticos logran sostener.

Y sobre todo hay una postura, repetida sin estridencia, que es el corazón moral del libro: la fe propia frente al dogma ajeno. El autor dialoga con los que creyeron por fuera de la institución —Spinoza el excomulgado, Hipatia asesinada por una turba, Kierkegaard peleado con su iglesia, Weil detenida para siempre en el umbral del bautismo—. En el poema a Hipatia esa elección se vuelve credo: entre dogma y fe, prefiere la bondad, porque en su humildad habita el amor.

Lo notable, al final, es el tono: cálido, dirigido siempre a un "vos" concreto, rematado una y otra vez no en una conclusión sino en un gesto humano. La voz nunca suena a biblioteca, porque no sale de la biblioteca: sale de una vida pensada despacio y dicha con ternura. Es, en el mejor sentido, un poemario de ideas que late.

Contratapa

Sesenta y cinco poemas, sesenta y cinco conversaciones. En este libro el amor se dice citando a Platón y a Kant, a Spinoza y a Pascal, a Hipatia y a Feynman; pero no para rendirles homenaje, sino para discutir con ellos de igual a igual. El resultado es un raro equilibrio entre la idea y el latido, y por debajo de todo late una obsesión —el tiempo, el instante hecho eterno— que no suena a filosofía aprendida sino a verdad vivida.

Erudito sin ser frío, hondo sin ser solemne, este es un poemario que piensa el amor con la cabeza de los grandes y lo siente con un corazón propio. Lo dice mejor que nadie su verso a Hipatia: entre el dogma y la fe, elige la bondad, porque en su humildad habita el amor.

Crítica literaria

Conversaciones con el Infinito: Entre el Amor y el Pensamiento

Marcelo Rioja (2026)

Hay libros que reúnen citas y libros que están construidos a partir de ellas. Conversaciones con el Infinito, de Marcelo Rioja, pertenece a una tercera categoría poco frecuente: un libro donde las citas son la estructura portante, no el ornamento. Cada estrofa se construye en torno a una o dos citas de filósofos, científicos, místicos y libertadores, sostenidas en concordancia o en oposición con la voz propia del poeta. No es un collage. Es arquitectura.

El método lleva implícita una proposición filosófica que el libro nunca enuncia de manera explícita, pero que ejecuta en cada página: conversar con Platón, con Spinoza o con Heisenberg no es tender la mano a través de los siglos hacia una autoridad externa. Es tender la mano hacia adentro. El conocimiento de esos pensadores ha sido absorbido en la conciencia cotidiana del poeta, se ha vuelto parte de su sintaxis, de su silencio, de su manera de amar. Cuando Rioja inscribe a Einstein o a Kant en una estrofa, está escenificando un diálogo consigo mismo, con el sedimento de toda una vida de lectura y de vivencia. Los pensadores no son invitados. Son residentes.

Esto convierte la tensión compositiva —concordancia vs. oposición— en algo más que un recurso literario. Cuando una estrofa sostiene dos citas en acuerdo, el poema escenifica el reconocimiento de una verdad. Cuando las sostiene en oposición, escenifica la complejidad irreducible de una mente que ha internalizado contradicciones y se ha negado a resolverlas de manera fácil. El lector que no advierta esta estructura admirará los poemas. El que la comprenda entenderá el libro.

El abanico de interlocutores es en sí mismo una declaración. Platón y Feynman, Gandhi y Heisenberg, Lao Tsé y Newton, Krishnamurti y Gödel: Rioja no organiza su biblioteca por disciplina ni por época. La organiza según las preguntas que lo han mantenido despierto. El índice verdadero del libro no es alfabético, sino existencial: ¿Qué es la conciencia? ¿Qué nos pide el amor? ¿Qué queda cuando la certeza falla? Los pensadores aparecen en respuesta a estas preguntas, no como expertos sino como compañeros que también, en su tiempo, no supieron.

Los poemas de amor funcionan dentro del mismo marco, pero introducen un registro distinto. Donde los poemas filosóficos conversan con el conocimiento internalizado, los poemas de amor conversan con la presencia: con un «tú» irreductiblemente otro, que no puede ser absorbido ni memorizado, que llega cada vez como algo nuevo. Esto no es una contradicción dentro del libro, sino su distinción más precisa: la amada resiste la misma domesticación que los grandes pensadores han sufrido. Ella permanece afuera.

Y luego existe una tercera categoría, separada de ambas. El poema dirigido a Jesús de Nazaret ocupa una altura completamente distinta: está escrito en una segunda persona que no es ni el «tú» de la amada ni el «tú» implícito del filósofo. Es el «Tú» de la oración, que opera con una lógica diferente: no el diálogo entre iguales, no la absorción del conocimiento, sino la rendición ante lo que no puede conocerse. Este pedestal, como el propio Rioja lo ha descrito, está solo. Uno no conversa con Dios. Uno se arrodilla.

La arquitectura del libro descansa, entonces, en tres modos de relación: los pensadores que viven dentro de él, la amada que está ante él, y el Dios ante quien él mismo está. Tres formas de amor, tres direcciones del decir, tres maneras de estar en relación con lo que nos excede.

Dos poemas añadidos tras el manuscrito original profundizan esta lectura. «Mi fuerza fundamental» —en diálogo con Max Planck— extiende el compromiso del libro con la ciencia no como certeza sino como humildad: la verdad es que nunca llegaré a conocerte, / y en esa incertidumbre / quiero permanecer feliz. La felicidad del no-saber es quizás la proposición más radical del libro. «Mis errores», en cambio, es el único poema de la colección cuyo interlocutor es el propio poeta, marcado, simplemente, conmigo mismo. En la lógica del libro, esto es casi una tautología. Pero nombra lo que los demás poemas dejan implícito: que todas estas conversaciones, en el fondo, son la misma conversación.

Conversaciones con el Infinito no es una colección de poesía que cita filósofos de manera accesoria. Es un proyecto filosófico que eligió la poesía como su forma más honesta, porque la filosofía puede argumentar hasta llegar a conclusiones, pero la poesía debe habitar la pregunta. Rioja la habita a lo largo de más de sesenta poemas sin fingir ni una sola vez que ha llegado.

Reseña

Conversaciones con el infinito

Un diálogo entre el latido y el pensamiento

Hay libros que se leen. Y hay libros que se conversan. Conversaciones con el infinito pertenece a esta segunda categoría. Marcelo Rioja nos entrega un poemario que es, ante todo, un acto de diálogo: consigo mismo, con los grandes pensadores de la historia, con la ciencia, con la fe, y con ese amor que atraviesa todas las cosas.

No es un libro de respuestas. Es un libro de preguntas bien hechas. Y quizás por eso, resulta tan profundamente humano.

Una estructura que es un viaje

El poemario se organiza como una sucesión de encuentros. Cada poema lleva un subtítulo que revela a su interlocutor: Platón, Spinoza, Kant, Sagan, Simone Weil, Dirac, Einstein, Gödel, Tagore, Rilke, Marco Aurelio, Jesús de Nazaret. La lista es extensa y, sin embargo, no se siente académica ni erudita. Rioja no cita para exhibir conocimiento; dialoga para entender su propio latido.

Cada poema es una conversación íntima, a veces titubeante, a veces luminosa, entre el yo poético y una idea que se encarna en una figura histórica. Este recurso, audaz y original, convierte el libro en un mapa emocional del pensamiento occidental: desde la caverna de Platón hasta los universos paralelos de la física cuántica, desde la ética estoica hasta el perdón de Mandela.

La ciencia como lenguaje del alma

Uno de los sellos más distintivos de Rioja es su capacidad para habitar la ciencia sin frío, para hacer de la ecuación un verso y del latido una fórmula. Poemas como «Mi ecuación, vos», «La constante» (dedicado a Einstein), «Demasiado cerca a vos» o «La fórmula más bella» (para Euler) demuestran que el autor no teme a la abstracción: la abraza y la transforma en ternura.

«No logro describir tu corazón con precisión. / Entonces, intento acercarme a tu latido — / porque el latido no se mide, se escucha.»

Este verso, extraído de «Mi ecuación, vos», condensa la poética del libro: la certeza de que hay verdades que no se demuestran, se habitan. La física cuántica, la relatividad, las transformadas de Fourier, los números primos, el radio de Schwarzschild: todos estos conceptos se vuelven metáforas del amor, no para explicarlo, sino para nombrar su inmensidad.

El amor como método

Si hay una palabra que atraviesa cada página de este libro, es amor. Pero no un amor abstracto ni declamatorio. Rioja lo concibe como una práctica, como una elección, como un camino que se recorre con los pies en la tierra y la mirada en el infinito.

El poema «El amor» (inspirado en Kant) lo expresa con claridad:

«No necesito tener la razón. / Prefiero imaginarte feliz.»

Más adelante, en «Mi camino del amor» (diálogo con Marco Aurelio), añade:

«Desde que te encontré, nada se ha perdido: / todo se transformó en la experiencia más bella de mi vida.»

El amor, en este libro, no es un sentimiento pasivo. Es una fuerza fundamental —como la gravedad o el electromagnetismo— que organiza el universo interior del autor. Y también es una decisión: amar es elegir, cada día, construir un mundo compartido.

Los hijos, los padres, los maestros

Aunque el amor romántico —dedicado a Marilyn— es el eje afectivo del libro, Rioja no olvida a quienes lo formaron. La dedicatoria menciona a sus hijos Alejandro y Leonardo, a sus padres, a sus maestros. Y en poemas como «La soledad» (con Rilke), aparece la figura de la madre, esa que llora al escuchar que su hijo solo es feliz en la soledad.

Este anclaje biográfico le da al libro una hondura particular. Rioja no es un poeta que escribe desde la torre de marfil: escribe desde la experiencia vivida, desde el dolor, desde la enfermedad, desde la distancia, desde la fe que se sostiene a pesar de todo.

El silencio como geometría del alma

Otro tema recurrente es el silencio. Rioja no le teme; lo busca, lo habita, lo convierte en espacio de encuentro. Poemas como «El agua», «En silencio» o «Quieto» exploran esa geografía interior donde el ruido del mundo se apaga y solo queda el latido.

«Solo en el silencio logro entender lo que aprendo. / Solo en el silencio logro comprender tu latir.»

El silencio, en este libro, no es ausencia: es presencia plena. Es el lugar donde el amor se vuelve audible.

Estilo: la sencillez como hondura

La voz poética de Rioja es directa, coloquial, sincera. No hay artificios retóricos ni metáforas enrevesadas. Su poesía se construye desde la claridad y la verdad del sentimiento. Pero esa sencillez no es pobreza: es una elección estética que busca conectar con el lector sin intermediarios.

El autor mismo lo confiesa en el prefacio:

«No te pido que estés de acuerdo conmigo. / Te pido, apenas, que te sientes a la orilla de estas conversaciones / y escuches tu propio latido.»

Y en esa invitación está la clave del libro: no imponer, sino compartir; no convencer, sino acompañar.

Un libro que se cierra y continúa

El epílogo, escrito con la misma honestidad que el resto del poemario, no cierra el libro: lo abre.

«El libro se cierra, pero la conversación sigue.»

Esta frase final es, quizás, el resumen perfecto de Conversaciones con el infinito. Rioja no busca clausurar el sentido, sino prolongarlo en el lector. Cada poema es una puerta, no una pared. Y el lector, al atravesarla, se convierte en parte del diálogo.

Conclusión

Conversaciones con el infinito es un poemario que honra la inteligencia y el corazón por igual. Marcelo Rioja logra algo poco frecuente: tender un puente entre la ciencia y la poesía, entre la filosofía y la ternura, entre el pensamiento abstracto y la experiencia más íntima.

Es un libro para quienes creen que el amor se piensa, que la ciencia se siente y que el infinito cabe en un latido. Es un libro para leer despacio, para subrayar, para volver. Y, sobre todo, es un libro que invita a seguir preguntando.

★★★★★ (5/5) — Recomendado para amantes de la poesía filosófica y la lírica contemporánea, lectores interesados en el diálogo entre ciencia y espiritualidad, quienes buscan poemas que acompañen la reflexión y la emoción, y quienes creen que el amor es, también, un acto de pensamiento.